Jacques Sagot, pianista y escritor.

Soy fanático contra los fanáticos. Soy intolerante con los intolerantes. Sí, a veces no hay más remedio que caer en las aporías. Propongo la persecución y quema pública, con leña verde, de todos los fanáticos e intolerantes del mundo. El único fanatismo al cual suscribo es el antifanatismo. Debemos exterminarlos.
¿Por qué? Porque es muy grande –inmensurable, de hecho– el daño que le hacen al mundo con su estupidez. Son los que han renunciado a pensar: el dogma lo hace por ellos. ¡Eximidos de toda criticidad: los textos “sacros” les pautan el libreto de sus vidas! El “suicidio intelectual” de que hablaba Camus en Le mythe de Sisyphe. Pensar conlleva una ardua responsabilidad, y es un ejercicio no siempre grato.

Revisar constantemente nuestras posturas, someterlas al espíritu crítico, pensar contra nosotros mismos… he ahí un acto de heroísmo, de valentía, de suprema dignidad. Muchos son incapaces de tolerarlo. ¡Muerte al pensamiento! ¡Muerte a la razón! ¡Muerte a la honestidad intelectual! ¡Muerte a la autocrítica!
Tengo para mí que el fanatismo tiene un origen neurológico: es, me parece, un tipo específico de trastorno conductual. Consiste en la absoluta incapacidad para salir de sí mismo, y ver, así no fuese más que por unos minutos, el mundo desde la óptica del otro. Saludable ejercicio de “transmigración” al cuerpo del prójimo, que ellos –tal parece– no pueden practicar. Carecen de lo que Bergson llamaba “empatía imaginativa”: especie de habilidad migratoria a la alteridad (con boleto de ida y vuelta, por supuesto, que si nos “convirtiésemos” en todo ser que nos rodea terminaríamos esquizofrénicos). Efectivamente, no son capaces de imaginación, estos infelices. Facultad indispensable para comprender al otro. Por lo que a mí atañe, la falta de imaginación es sinónimo de imbecilidad: su definición misma. De hecho, una forma de ceguera espiritual. Imaginación: facultad consistente en producir imagos mentales que nos permitan ver el mundo desde la perspectiva en que lo ven los demás. Ponernos en su perspectiva. En el fondo, un gesto de solidaridad, de respeto, de amor.

Cuadrados, inflexibles, psicorrígidos, mineralizados, nalgas apretadas, anal retentivos (Freud), arrastran miserablemente sus vidas de autistas, y no pueden realizar esa simple operación mental consistente en decirse, siquiera una vez en sus vidas: ¿no podría suceder, por ventura, que estuviera yo equivocado en todo lo hasta el momento he pensado? Jamás lo harán: es tan grande la inversión que han hecho estructurando sus vidas en torno a algunas monolíticas “verdades”, que por nada del mundo permitirán que alguien se las venga a desestabilizar. Cuestión de miedo, y de vanidad, también. El fanático es siempre un ser enfeudado por el miedo. De ahí la crispación con que se aferra a sus creencias. Considerar que el mundo podría no ser como ellos lo piensan es cosa que los sume en el vértigo, en el más indecible terror. ¡Les ha costado tanto fraguar sus pequeñas cosmovisiones, construidas fatigosamente con pedacitos de Lego intelectuales! ¿Cómo no habrían de odiar a aquellos que amenazan con traerse abajo sus castillitos de plástico?
Para contrarrestar esta angustia no les queda más remedio que repetirse mil veces al día las mismas oraciones, conjuros, sortilegios, plegarias, lemas, fórmulas. No acogen en su alma una verdad: la taladran hasta hacerla entrar a la fuerza. Ese taladro es la reiteración característica de la letanía religiosa. El rosario es una manera de mandar a callar a la razón, de cloroformizarla, de arrebatarle la palabra, no vaya a cumplir con su habitual papel de aguafiestas. Cualquiera que repita cien veces al día la misma cosa terminará por creer en ella. “Los dragones viven en las cavernas de los Urales, tienen escamas azules, alas rosadas, y cuando tosen o estornudan escupen fuego”. Pónganle una línea melódica gregoriana, repítanla cien veces en los maitines (oraciones matinales) y doscientas en las vespers, (oraciones vespertinas) y les habrán dado vida a las criaturas. ¡Jamás subestimar el extraordinario poder de infiltración psíquica que la repetición tiene sobre el alma humana! Y eso es lo que hacen los fanáticos. El fanático es incapaz de comprender al mundo como pluralidad.

Iré más lejos: en su fuero interno se esconde siempre un dictadorzuelo, un déspota, un monarca absoluto. Son carceleros y galeotes de sí mismos. Seres profundamente infelices: no más que eso. Empuñan sus dogmas… porque solo eso tienen.