¡A Dios se llega también por la belleza!

¡A Dios se llega también por la belleza!

Jacques Sagot, Revista Visión CR.

Como católico que soy por formación, he tenido que asistir en múltiples ocasiones a esa grisácea, deprimente, chata ceremonia que se conoce como “misa”.  Lo he hecho en varios países, sobre cuatro continentes.  Todas estas experiencias se cuentan entre las vivencias más aburridas, estériles y desestimulantes de que guardo memoria.

Nada tengo que objetar en lo que atañe al formato ritual de la liturgia: toda ceremonia religiosa tiene sus códigos, gestos, genuflexiones o santiguadas repetitivas.  He incluso sobrevivido al formato de misa en latín con sacerdotes que le dan la espalda a la feligresía, según el rito instaurado por Pío V en el siglo XVI.

La plegaria católica tampoco me perturba: la reiteración es uno de los elementos constitutivos de muchas jaculatorias y de la poesía también (una oración será más conmovedora cuanto más se acerque al espíritu de la poesía, y toda gran poesía tiene algo de plegaria).  Por lo que a la eucaristía atañe, tendrá mayor o menor significado según la intensidad de la fe de quienes participen en ella.  Todo eso está bien.

La Liturgia: La acción más eficaz de la Iglesia

Pero la liturgia tiene un momento para la reflexión, para el pensamiento especulativo, para la revivicación de la fe, para la meditación filosófica, teológica y ética: es la homilía o sermón.  Y es ahí, en ese punto neurálgico de la misa, en el que puedo dejar testimonio de no haber jamás participado en una liturgia que fuese menos que un pesadísimo soporífero, vacuidad total de ideas, carestía intelectual, oquedad completa de nociones.

Nunca he derivado de ella un concepto, una metáfora, siquiera una palabra nueva para ser atesorada.  Curas sin “musa”, “ángel” ni “duende” (García Lorca).  Desinspirados, planos, irrelevantes discursetes, lugares comunes, obviedades, simplonerías, chatura, chatura, chatura.  Sacerdotes que no están habitados por el fuego sacro con el que se supone deben incendiarnos (y yo soy buena yesca: me hubiera encendido en una deslumbradora llama con la menor chispa).  Nada.  Cero.  Curas fatigados que ni siquiera disimulan su spleen y su cansancio.  Palabras vacías de emoción.  Solo recuerdo un sacerdote cuya homilía y convicción fueron inmensamente enriquecedoras para mí en ambos niveles, el intelectual como el espiritual.  Él sabe que me refiero a él: no es necesario citar nombres.

Evoco las seis funciones del lenguaje estipuladas por Roman Jakobson: fática, referencial, metalingüística, conativa, expresiva y poética.  No es este el lugar para definir en qué consiste la especificidad de cada una de estas funciones.  Pero sí les puedo asegurar algo: la homilía utiliza el lenguaje en tres de sus funciones, que enumeraré en orden de importancia: expresiva, poética y referencial.  La palabra del sacerdote debe ser estas tres cosas.  Infortunadamente, no suele ser ninguna.

El don de la liturgia - La Croix en español

Discursos expresivamente muertos, poéticamente yermos, nocionalmente vacíos.  Jamás he aprendido nada de una misa.  Ante tal inanidad intelectual, sobrevivo el sermón observando a las bellas feligresas, contando la cantidad de cirios encendidos sobre el altar, constatando la horripilancia arquitectónica del templo, a tono, en su chatura, con la mediocridad de las homilías.  Realmente, es difícil asistir a una de estas solemnidades y no salir ateo.  Nuestros curas son desevangelistas, y nuestras iglesias enormes máquinas de la desevangelización.

Arquitectónicamente carecen de pathos religioso, de forma alguna de belleza, de cualquier cosa que pudiese acercarnos a lo divino.  Costa Rica, –no lo olvidemos– fue predominantemente construida por ingenieros y no arquitectos, tiene a lo sumo, una que otra iglesita corronga.  No más que eso.  He estado en las más bellas iglesias católicas del mundo, y lo he hecho con el apetito y la curiosidad del coleccionista.  En Europa occidental y oriental, en los Estados Unidos, en México, en Centroamérica, en Sudamérica y en Japón.  He encontrado cientos de templos de belleza inimaginable.  Es inútil proponerles aquí una lista completa de mis hallazgos en materia de arquitectura eclesiástica.

De la alianza entre arquitectura y religión han brotado cosas maravillosas, y ello a lo largo de dos milenios.  Algunas iglesias eran hermosas por su abigarramiento y majestad, otras por el ambiente íntimo y susurrante de su interior.  Pero todas tenían un evidente valor arquitectónico.  Muchas son sencillísimas: un minué de Mozart.  Otras son complejas y mayestáticas, al tiempo que austeras: una sinfonía de Bruckner.

La Catedral de Lincoln superó a la Gran Pirámide de Giza como el edificio más alto cuando se completó en 1311 con la instalación de su aguja, lo que la hizo crecer
Catedral de Lincoln

Pero la belleza y la dignidad estaban presentes en todas ellas.  Me bastaba con cruzar su umbral, en sentir la refrescante sombra de su interior, en contemplar el altar, los vitrales o simplemente las ventanas, y de inmediato me embargaba la inequívoca sensación de estar en un ámbito sagrado.  Solo la restaurada iglesita y monasterio – museo de Orosi (cuya construcción, representativa del estilo colonial, data de 1644) merece ser preservada y cuidada con todo el esmero de que seamos capaces.  Es un rincón mágico.  Y lo es gracias a Guido Sáenz, ministro de cultura, quien en 1976 logró que la Iglesia le vendiera el inmueble al Estado, y procedió a reparar las ruinosas condiciones en que se encontraba.  Por lo demás, Costa Rica es yerma en materia de arquitectura religiosa.

Y por lo que a la ñoñez de las misas atañe, sería una buena idea que, violando las estipulaciones de la ley canóniga, me permitieran un día cualquiera saltar al púlpito, y oficiar yo la homilía.  Les aseguro que sería un vibrante y contagioso sermón.  Como en el caso de los maestros, la función de un sacerdote “no es llenar un vaso, sino encender un fuego” (Montaigne).  Contagiar un entusiasmo, polinizar una fe, propagar un fervor y una devoción.  Esto no se puede hacer sin esos componentes fundamentales de la psique humana que llamamos pasión e inspiración.  Flaco favor le hacen a la cristiandad los curas anímicamente anoréxicos, que recitan su homilía como algo que han repetido ya quinientas veces en sus vidas.  Mastican la reseca estopa de un gajo de naranja que ha pasado por cien bocas.  El taedium vitae se marca en sus rostros, son hombres que murieron y no se han dado cuenta de que están muertos.  Los mayores enemigos de la iglesia católica no son de orden exógeno (la laicidad, el escepticismo, las demás religiones) sino endógeno: son sus propios hierofantes.

Liturgia - Enciclopedia Católica

Último punto: no ha habido institución sobre la faz de la tierra que haya generado tal cantidad y calidad de música como la iglesia, desde el canto gregoriano del siglo IX hasta Olivier Messiaen, genio de profunda fe católica, en el siglo XX.  Siendo la depositaria de semejante repertorio, ¿por qué en Costa Rica la iglesia se empecina en meter en la misa la música más vulgar, ramplona, peatonal y chusca que quepa imaginar?  ¿No puede esta poderosa institución nombrar una especie de Kapellmeister general que supervise la calidad de la oferta musical de nuestras diócesis?  La pésima música que la iglesia inflige a sus feligreses hoy en día es producto de varias causas: la total ignorancia musical de los oficiantes, el proselitista deseo de atraer a más parroquianos con una música “popular” o “accesible” (una grosera subestimación de la sensibilidad artística de la feligresía), el lamentable estado de varios órganos barrocos alguna vez maravillosos, que la iglesia dejó podrirse y desintegrarse por mera desidia y –una vez más– ignorancia.  El precio de estos instrumentos hoy en día los pone fuera del alcance de cualquiera de nuestras parroquias.  Esto trajo por consecuencia que no tengamos organistas de prosapia en el país.  A mí, en lo personal, me resulta ofensivo someterme a los sonsonetes y tonadillas de porquería que nuestras iglesias nos prescriben un día sí y el otro también, ahí donde alguna vez se oyó la música de los más grandes maestros de la historia de la música.

Irónica realidad: la Iglesia Católica salvaguardó, copió y preservó los grandes tesoros literarios y artísticos de la Antigüedad contra las invasiones bárbaras.  Hoy, en cambio, se pasa del lado de los vándalos, y se solidarizan con ellos.  La “chusmización” de la liturgia.  Otro caso de “democracia morbosa” (Ortega y Gasset), de democracia mal entendida, de democracia enferma.

La Discoteca de HispaOpera - Missa Solemnis (Rilling)

Es con sinceridad y convicción profundas que puedo decir: la Missa Solemnis de Beethoven, el Träumerei de Schumann, la música para órgano de César Franck, la poesía devocional de Paul Verlaine y de Charles Péguy, la obra plástica de inspiración religiosa de todo el Renacimiento y el Barroco han hecho por mi fe infinitamente más que todas las iglesias y misas a las que he asistido en Costa Rica.

Es que el éxtasis estético está muy próximo del éxtasis místico.  La belleza es un vehículo ideal hacia Dios.  El arte es el más grande aliado de la fe.  ¿Por qué?  Porque la fe es, en esencia, una sensibilidad, y como tal responde al estímulo de la belleza.

Los evangelios son inmensos poemas, novelas y cuentarios de inusitada hermosura.  Mal hace el clérigo en subestimar el poder psíquico y espiritual del arte: es el medio perfecto para las más hondas revelaciones, epifanías o teofanías.  Es cosa que supieron muy bien Hildegard von Bingen, Giovanni Pierluigi da Palestrina, Santa Teresa de Ávila, Fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Sor Juana Inés de la Cruz, y el propio Francisco de Asís.  Los casos se cuentan por centenares, a todo lo ancho y lo largo de la historia.

Si la iglesia regresase a la belleza, y la empuñase como una de sus más valiosas armas, estaría haciendo las veces de catequizadora, pero también de inspiradora, de educadora, de ennoblecedora de la ardua, a menudo infame jornada de los seres humanos sobre la tierra.  Deseo, desde el fondo de mi alma, que esta dimensión de la experiencia religiosa sea revisada y replanteada en los más altos círculos de la autoridad eclesiástica.

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