Costa Rica y la mediocridad de su clase política

Costa Rica y la mediocridad de su clase política

Mario Granados Chacón, investigador académico y profesor universitario costarricense.

Entre la improvisación, el cálculo electoral y la ausencia de visión de país

Durante décadas, Costa Rica ha sido considerada- dentro y fuera de sus fronteras – como una excepción democrática en América Latina.

Mientras buena parte de la región atravesaba golpes de Estado, dictaduras político-militares o profundas crisis institucionales, el país cultivó una imagen de estabilidad política, respeto por el Estado de derecho y una cultura cívica relativamente sólida.

Dicha reputación no ha sido producto de la casualidad. Nuestro país se apoyaba en instituciones que funcionaban razonablemente bien, en una ciudadanía activa y sobre todo, en una generación de dirigentes políticos capaces de pensar el país en perspectiva histórica.

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Hoy, no obstante, esa narrativa ha empezado a resquebrajarse. Cada vez más sectores de la sociedad comparten una percepción que resulta incómoda: la política costarricense atraviesa una crisis de calidad en su dirigencia.

No se trata únicamente de errores de gobierno o de las rivalidades partidarias propias de cualquier democracia. El problema es más hondo. La percepción general camina en en el sendero de una creciente mediocridad en buena parte de la clase política.

La mediocridad política no se mide solo por títulos académicos y trayectorias profesionales o por asuntos de oportunidad. Se manifiesta, sobre todo, en la ausencia de liderazgo, en la incapacidad de construir una visión de largo plazo y en la dificultad para comprender los problemas estructurales sistémicos que enfrenta el país.

De tal suerte, gobernar no consiste únicamente en administrar oportunidades, ni en reaccionar ante titulares de prensa. Gobernar implica orientar el rumbo de una nación.

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Rafael Angel Caldrón y José Figueres.

Durante buena parte del siglo XX, la política costarricense estuvo marcada por figuras que –con sus virtudes y sus defectos – tenían un claro sentido de proyecto nacional. Líderes como José Figueres Ferrer, Rafael Ángel Calderón Guardia y otros actores de aquella generación, protagonizaron debates intensos sobre el papel del Estado, la educación pública, la justicia social o la organización institucional del país. Aquellas disputas podían ser incluso ásperas y hasta violentas, pero estaban atravesadas por una visión de futuro que trazaron nortes determinantes.

En contraste, la política actual parece cada vez más dominada por la improvisación, el cálculo electoral y el cortoplacismo. Muchos dirigentes parecen actuar con la mirada puesta en la próxima encuesta, en la polémica del día o en el impacto inmediato de las redes sociales.

La capacidad de pensar el país a veinte o treinta años plazo prácticamente ha desaparecido del debate público.

El bipartidismo se fue desgastando paulatinamente.

Parte de esta transformación puede encontrar explicación en los cambios que ha experimentado el sistema político costarricense en las últimas décadas. Durante mucho tiempo, el poder se alternó entre dos grandes fuerzas: el Partido Liberación Nacional y el Partido Unidad Social Cristiana. Ese bipartidismo aportó estabilidad durante varios decenios, aunque también acumuló desgaste, escándalos de corrupción y lo más grave: una creciente desconexión con amplios sectores de la ciudadanía.

La crisis de confianza – o mejor dicho la desconfianza – que emergió a comienzos del siglo XXI, fragmentó el sistema de partidos. En teoría, esa fragmentación pudo enriquecer la democracia al abrir espacio a nuevas corrientes políticas. En la práctica, sin embargo, produjo un sistema cada vez más disperso, con partidos débiles, agendas personalistas sin contenido y enormes dificultades para construir acuerdos duraderos.

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Muchas veces resulta más rentable generar polémicas que construir soluciones.

La Asamblea Legislativa de Costa Rica refleja con claridad esa realidad. Con frecuencia, el debate parlamentario queda atrapado en disputas menores, negociaciones coyunturales y confrontaciones estériles, sin ideas, sin visión país, mientras los problemas estructurales continúan acumulándose.

Y esos problemas son cada vez más evidentes: el deterioro de la educación pública, el aumento de la desigualdad social, la expansión del crimen organizado, la inseguridad ciudadana, el rezago en infraestructura y un endeudamiento público que limita la capacidad de acción del Estado.

A ello se suma – como consecuencia esencial – una creciente desconfianza popular hacia las instituciones políticas, alimentada tanto por escándalos de corrupción como por discursos populistas que han encontrado terreno fértil en el desencanto social. Ha emergido una nueva realidad: una crisis silenciosa que avanza.

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De este modo, la política se ha convertido en un triste espectáculo a la luz de conferencias de prensa pactadas. Por otra parte, las redes sociales han reforzado esa lógica al premiar la confrontación inmediata, la frase viral y la simplificación de problemas complejos. Muchos dirigentes parecen haber descubierto que resulta más rentable generar polémicas que construir soluciones.

La mediocridad política también refleja- como contraparte – una sociedad que ha reducido sus exigencias hacia quienes ejercen el poder. Y así, cuando el debate público se empobrece y la discusión política se reduce a consignas o reacciones emocionales, la dirigencia termina adaptándose a ese mismo nivel de superficialidad.

Un hecho indiscutible es que las democracias no producen automáticamente buenos líderes. Estos surgen de sociedades capaces de valorar el conocimiento, el debate informado, el pensamiento crítico y la responsabilidad cívica.

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Resulta también cierto que Costa Rica aún cuenta con instituciones que han demostrado resiliencia a lo largo de su historia. Pero ninguna democracia está garantizada para siempre. De igual manera, los sistemas políticos rara vez colapsan de forma repentina. Lo que suele ocurrir es algo más silencioso y que pareciera no importar a muchos: dichos sistemas se van deteriorando poco a poco, mientras la mediocridad reemplaza al liderazgo y la improvisación sustituye a la visión de país.

El verdadero riesgo no es simplemente tener malos gobiernos. El riesgo va por otra parte. Que un país entero termine acostumbrándose a la mediocridad. Y cuando una sociedad se acostumbra a la mediocridad de quienes la gobiernan, deja de exigir grandeza, deja de pensar en el futuro y comienza -poco a poco – a resignarse al declive y a la sumisión.

La sumisión política ciudadana, por César Antonio Molina

 

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