El salto del demonio

El salto del demonio

Jacques Sagot, Revista Visión CR.

Los recogí en la parada de taxis del Parque Central, frente al Melico Salazar, un viernes, a hora pico.  Serían, calculo, las cinco de la tarde.  La gente, ese día y a esa hora, hace fila y se ve ansiosa.   Llovía a cántaros.  Era una pareja: él tendría unos dieciocho, ella tal vez dieciséis.  Muchachos como ve uno por cientos de miles a cualquier hora del día.   Correctamente vestidos.  Me pidieron que los llevara a Llorente de Tibás.  Se sentaron atrás, abrazados, y respiraron aliviados, al verse librados del aguacero.

 

En esas situaciones la gente se precipita, se cuelga de los taxis como el náufrago que se aferra de una barrica en mitad del océano.  Claro que faltan las presas, los huecos de las carreteras, las personas que se atraviesan en media calle, la mezcla de calor y humedad que convierte la ciudad en una cosa viscosa, gelatinosa, repugnante.  Así que los vi muy contentos, de haber podido colarse en mi taxi.  Siempre disfruto de la expresión de bienaventuranza de las personas, en estos casos.  Diríase que en mi vehículo encuentran momentáneo cobijo de la multiforme agresión del mundo.

 

Me fui para Tibás.  Pues figúrese que iba llegando ya a la cuesta del cruce: hacia la izquierda va uno a Llorente, a la derecha al viejo salón de baile “La Pista”.  Y fue ahí, en la cuesta, mientras esperaba para doblar hacia la izquierda, que sentí el cañón de la pistola en la nuca.  Es muy extraño, amigo: a mí nunca me habían asaltado, y aquella parejilla tenía, además, cara de ser buenas personas.  Lo primero que sentí fue que aquello era algo así como una broma, un juego de adolescentes.  Pero pronto vi que la cosa iba en serio.  “Métase a la derecha, y se va para el Zurquí”.  “¿Al Zurquí, con este aguacero?” –pregunté estúpidamente, como si la lluvia los fuese a disuadir en lo absoluto de llevar a fruición su plan–.  “Al Zurquí, sí, pasado el túnel, y no se le ocurra jugar de MacGyver, porque esta pistola no es de mentirillas, y además mi novia también anda armada”.  La observé en el espejo retrovisor, y cuál no fue mi sorpresa cuando descubrí a aquella niña –porque, realmente, era casi una niña– apuntándome también con una pistola, y mirándome… pues como me miraría un demonio.  En la base de la nuca sentía el cañón del revólver, frío, frío, frío, un poco húmedo, según recuerdo.  Con cada hueco de la calle, cada oscilación del carro, contenía la respiración, de miedo que el movimiento soltara el disparo.

 

Violento asalto en Sauce Viejo: un hombre baleado en la nuca y otro hallado muerto en un descampado - CFIN Noticias

 

Ir al Zurquí significa –todos los taxistas lo sabemos– que lo van a matar a uno.  En los despeñaderos de esa carretera aparecen todo el tiempo cuerpos de gente asesinada, de narcos, ajusticiados, asaltados… es un botadero de cadáveres.  De hecho, es el primer lugar donde las autoridades van a investigar, cuando se reporta una persona desaparecida.  Hay ciertos despeñaderos que pareciesen haber sido hechos justamente para deshacerse de los cuerpos.  Hondos, cubiertos de maleza, precipicios que caen a pico, a menudo con ríos que corren por el fondo del barranco y en invierno arrastran los cadáveres.  Muchos no son jamás encontrados, o van a aparecer a cien kilómetros de distancia, en alguna desembocadura.  Además están los derrumbes, que a menudo sepultan lo que en los abismos cae.  Así que al tomar la ruta del Zurquí entendí, supe que me iban a matar.  Con seguridad absoluta.  Como quien dice: “el triángulo tiene tres ángulos”.   Me iban a despojar de mis posesiones (que no hubieran pasado de unos cincuenta mil pesos), balearme, y empujarme a algún guindo.

 

A la policía suele tomarle tanto tiempo encontrar los cuerpos –cuando los encuentran–, que entretanto los maleantes pueden protegerse a su guisa, tomar todas las medidas del caso, cambiarse la apariencia física, elaborar cualquier coartada, o irse del país, generalmente a Nicaragua.  Así que supe que iba a morir.  Hay una gran diferencia, amigo, entre la conciencia teórica de la muerte –esa la tenemos todos– y la inminencia real, palpable, de la muerte.  Algo muy raro pasó conmigo: estaba tan convencido de que iba a morir, que no sentí miedo en lo absoluto.  Acepté las cosas sin resistencia.  Pensé en mis seres amados, y me dolió terriblemente no haber tenido la ocasión de despedirme de ellos, y pensar que sufrirían al no saber jamás qué habría pasado conmigo.  Cuando no hay un cuerpo que llorar, la gente no puede elaborar su duelo: más que en un muerto, se convierte uno en un desaparecido.  A los desaparecidos los deudos siguen esperándolos por siempre.  Una parte de ellos, por lo menos, persiste en pensar que el ser amado –y desmaterializado– va a regresar a su lado el día menos pensado.  Uno se transforma en un fantasma: algo que está y al mismo tiempo no está.  Cada vez que suena el teléfono o el timbre de la casa, los niños fantasean: “¿será papá que por fin vuelve por nosotros?”, y las infinitas decepciones van agostando sus almas.

 

La lluvia, entretanto, se había convertido en una cosa espesa, impenetrable… como si avanzásemos bajo el océano.  El cielo se había muerto.  Estaba gris y totalmente cubierto.  Nubes bajas, de un color sucio, impuro, opresivas masas de agua habían vencido completamente al sol declinante de la tarde.  Yo manejaba relativamente despacio, por una cuestión de elemental prudencia que quizás era superflua, toda vez que me iban a matar.  “Póngale, póngale, porque no queremos salir de aquí de noche” –me ordenó el carajillo–.  “Es peligroso, con estas curvas, las caídas de agua y la posibilidad de derrumbes, ir tan rápido” –observé yo–.  “Para usted no hay nada peligroso: ya usted está muerto, y nosotros no le tememos ni a las curvas, ni a las caídas de agua, ni a los derrumbes, así que apriete el acelerador.  Nosotros le diremos dónde debe parar”.  Miré a la muchacha: no me quitaba los ojos de encima, y me tenía encañonado, apuntando y sosteniendo la pistola de una manera que evidenciaba amplia experiencia en estas lides.

 

La regla de las 3V para evitar accidentes al conducir con niebla

 

Pues fíjese, amigo, que esas palabras fueron las que despertaron al demonio dentro de mí.  Un demonio tan endemoniado que hubiera sido expulsado del infierno mismo, por malo.  Fue algo que nunca había experimentado, ni me imaginé que fuese capaz de experimentar.  Tan pronto atravesamos el túnel, comencé a acelerar.  A acelerar como un loco, sí.  Un piloto suicida.  Bajo ese aguacero, a esa hora del día, y con esas curvas, empecé a subir a cien, luego ciento diez, ciento veinte, finalmente me estabilicé en ciento treinta por hora.  Los carros que pasaban en sentido contrario me ponían las luces largas y me tocaban el pito para que fuera más despacio.  Se habrán imaginado que iba un loco al volante, y es que, en cierto modo, tal era en efecto el caso.

 

Los carajillos se empezaron a poner nerviosos.  “¿Qué es lo que pretende?”  “Pues lo que ve: nos vamos a matar todos”.  “Baje la velocidad o disparo”.  “Usted me dispara y nos vamos todos al guindo.  Yo me muero, hijos de puta, pero lo que son ustedes, se van conmigo.  Nos reencontraremos los tres en el infierno”.  Para mi sorpresa, vi que la muchacha se descontroló y empezó a hacer pucheros.  La feroz maleante de un par de minutos atrás, era ahora una inerme criatura.  ¿Que si sentí lástima?  Pues para serle honesto sí: por ella, no por él.  “Le repito que si no baja la velocidad, jalo el gatillo”.  Por toda respuesta, hice rugir los motores y subí a ciento cuarenta kilómetros por hora.  La lluvia pegaba contra el parabrisas con tal intensidad, que por un momento temí que lo fuera a quebrar.  “Dispará, mocoso de mierda, dispará si querés morirte, y escogé el momento exacto para hacerlo: ¿qué preferís: morir estrellado contra un paredón, o ir a rodar al fondo de un precipicio de cien metros?  Conmigo se jodieron, malditos.  Yo sé adónde me quieren llevar: la fosa preferida de los maleantes, ahí donde va a dar la mayoría de los asesinados.  Pero resulta que yo soy de Guápiles, y me conozco esta ruta como la palma de mi mano.  Hay otro guindo.  En menos de un kilómetro.  A mano derecha.  Es mucho más profundo que el otro.  Abajo corre el río Salinas, lleno de fango, arrastrando todas las piedras y los troncos de la crecida.  Ahí iremos a parar, después de rodar durante un par de minutos.  No va a quedar ni mierda de nosotros.  ¿Me oyen?  ¡Ni mierda!  Salados, compas, pero se metieron justamente con quien no debían.  Me los llevo, me los llevo conmigo para el infierno.  Lo que es más: yo que ustedes me amarraría con el cinturón de seguridad: no para que se salven, sino para que, en caso de que los encuentren, puedan identificar sus cadáveres, que de lo contrario se los llevará el río e irán a parar al Atlántico, allá por el lado de Tortuguero.  Con un poco de suerte, se los comerán los caimanes, y nadie sabrá nunca en las que andaban”.

 

Terror en blanco - Carreteras del misterio

 

Ya en aquel momento la muchacha estaba llorando histéricamente, y no podía sostener el revólver.  El carajillo se lo quitó: “Dame, antes de que hagás alguna burrada”.  Ahora el hijo de puta me puso los dos cañones en la nuca (¡como si aquello fuese a incrementar mi miedo!)  “Por última vez, cabrón, si no bajás la velocidad te descerrajo estos dos chopos en la jupa”.  “Pues dale, dale, mal parido, pero agarráte bien al asiento, porque vas a rodar montaña abajo, y a fin de cuentas vamos a quedar los tres unos encima de otros”.  En un súbito, dramático cambio de planes, intentó abrir la puerta.  Fue un movimiento puramente instintivo: a aquella velocidad, se hubiera matado, de querer saltar del carro.  Pero yo puse el seguro, de modo que le resultó imposible abrirla.  En los ojos de ambos se leía un terror como jamás había visto en rostro humano.  Y no es vara, amigo: yo estaba, literalmente poseso.  De ira, de una furia verdaderamente satánica.  Sabía exactamente en qué vuelta iba a tirarme con el carro a toda velocidad.  Si lo subía a ciento cincuenta, no rodaríamos sobre la pendiente: volaríamos por espacio de varios segundos e iríamos a escorar directamente al río.  Con aquella magnitud de lluvia y de crecidas, moriríamos no menos de tres muertes consecutivas: por el impacto de la caída, aplastados por las piedras y troncos que arrastraba el agua, y finalmente ahogados.  ¿Se puede morir tres veces?  En ese momento, yo estaba convencido de que aquello era posible.  Ira, sí: eso era lo que sentía.  Por la vejación que se me había cometido, por haber sido engañado, por ver tanta maldad en una pareja de carajillos que deberían haber andado comiendo helados o viendo una película de Walt Disney en el cine, por el mundo, por la vida, por el destino, por el demonio y sí, creo que hasta por Dios y las cosas que permite en su miserable mundo.

 

Seguí acelerando.  Allá, a quinientos metros, vi la curva.  El más alto barranco del Zurquí.  Pocos lo saben, pero como botadero de cadáveres, el más eficaz.   Los maleantes prefieren los guindos que están antes del túnel, porque generalmente les urge perpetrar el crimen y salir corriendo, pero ¿qué prisa podía tener yo?  ¡Antes bien, había que disfrutar del salto al vacío!

 

Trescientos, doscientos, cien metros…  Los maleantillos dejaron caer los revólveres, y se abrazaron.  Gritaban como mocosos histéricos.  Yo reía como… pues como lo que era: un demonio, un poseso.  Una risa que hasta a mí me asustó.  Una risa en la que no me reconocí a mí mismo.  Una risa que parecía provenir de otro pecho, otra boca, otros labios.  Como para cubrir el espanto que estaba por acontecer, la lluvia arreció doblemente, envolviéndonos en una cortina impenetrable.  No creo que a dos metros de distancia nadie hubiese sido capaz de ver lo que estaba por suceder.  Me incliné hacia adelante, y me aferré de la manivela como un energúmeno.  “Aquí vamos, hijos de puta, ahora sí, ¿están listos?  ¡A la una, a las dos, y a las…”   Caer en el precipicio equivalía a hundirse en la nada.  La selva estaba cubierta por una mortaja de niebla y de lluvia tan espesas, que aquello era como tirarse a un abismo hecho de puro vacío.  No se veía un árbol, una loma, una sierra, por distante que estuviese.  “¡Conmigo se van, grandísimos hijos de puta!” –grité por fin, exultante: era mi himno triunfal, y una venganza en la que poco me importaba sacrificarme a mí mismo con tal de aplastar a las inmundas cucarachas–.  Fue lo último que vociferé, como si en ello me fuese el alma…

 

Odio el mod de terror de Minecraft moderno promedio. : r/hatethissmug

 

Pero aquí estoy contándole el cuento, amigo, de lo que cabe inferir que no me morí.  En fin, a veces me pellizco y me tomo el pulso, para verificar que esto sea cierto.  En todo caso, mis signos vitales sugieren que sigo vivo.  Y sigo vivo más por astucia que por milagro.  Cuando yo amenacé a esos hijos de puta no mentí: estaba, en efecto, dispuesto –dispuestísimo– a irme a la mierda, con tal de matarlos a ellos.  Pero como usted bien sabe, hay, después de todo, una cosa que se llama “instinto de supervivencia”… y ese se me activó en el último instante.  Bajé la velocidad abruptamente, me arranqué el cinturón de seguridad, abrí mi puerta, y me hice tirado sobre un charral –el zacate en esa zona es mullido y espeso–.  Rodé durante lo que me parecieron ser siglos, pero no hacia el abismo, sino sobre la vereda verde que corre paralela a la carretera.  El carro debía ir a unos cuarenta kilómetros, cuando pegué el brinco.  Los carajillos iban demasiado asustados para entender nada, y no tuvieron capacidad de reaccionar.  Estaban, simplemente, paralizados, y no sabían en lo absoluto lo que yo hacía.    Y fue así como se fueron al guindo.  Lo único que oí fue el crujido de los ramajes y troncos, y el motor del carro, cada vez más sordo y lejano.  La lluvia apagó el ruido.  No creo –le repito– que nadie, en este país, conozca esa zona mejor que yo.  Me crié en Guápiles, y manejé furgones en esa maldita carretera durante doce años.  Conozco hasta el último de sus secretos.  Sé exactamente cuáles vueltas son traicioneras, cuál es la inclinación de los peraltes, dónde la tierra es más blanda, en qué sectores suele haber derrumbes, la hondura y verticalidad de los precipicios….  Todo lo sé, con precisión de topógrafo y de ingeniero civil.  Y le aseguro, amigo, que a esos mal paridos los mandé al guindo más inaccesible que ofrece la geografía patria.

 

Para colmo, la lluvia hizo que del paredón del otro lado de la carretera –la ladera de la montaña, cortada a pico– se viniera un torrente, una crecida que arrastró todas las ramas y todo el fango del mundo, y se precipitó en el abismo donde había caído el carro.  Una mortaja de barro habrá cubierto el vehículo.  El río debe de haberlo arrastrado, porque jamás lo encontraron.  No es un hecho infrecuente, en estas lluviosas montañas proclives a los derrumbes y hundimientos.  De hecho, las autoridades no se esforzaron mucho por recuperar los restos: todo el mundo sabe que quien se va a ese hueco se muere: es así de simple.  Ahí quedaron, el demonio sabrá dónde, aplastados, ahogados y enterrados.  Lo que es más: fíjese que les hicieron una ceremonia fúnebre al borde del precipicio, con cura párroco y todo.  Les tiraron la cruz al hueco, junto con algunas coronas de flores y uno que otro pringue de agua bendita.  Nadie quiso descolgarse a buscarlos para darles sepultura.  No tenía caso: el río podría haberlos arrastrado durante kilómetros y haberlos incluso depositado en el mar.  Estuve en la misa.  Nadie sabía que yo había sido el responsable de lo sucedido, así que no me podían reconocer.  No pude privarme del perverso placer de ir a la ceremonia.  ¡Ah, amigo: qué cosa tan grotesca y ridícula, ver a ese pobre cura decir latinajos y tirar cruces y flores al fondo de un abismo donde, probablemente, terminarán fungiendo como nidos de serpientes o guaridas de ocelotes!  Era una visión entre cómica, triste y surrealista.

 

Por lo que a mí atañe, no salí con más que algunas laceraciones de la piel, porque las zarzas entre las que fui a dar tenían sus espinas, y me desgarraron los brazos, las manos y la cara.  Después de lo que me pudo haber pasado, consideré aquello como una visita al salón de belleza.  Y esa es mi historia.  Ese es el tipo de cosas que pueden pasarle a un taxista en este país.  Veo que me observa usted con estupefacción; no se asuste: conozco a más de un colega que puede contarle cosas parecidas si no peores que la mía.  ¿Sabe lo que puede hacer por mí, un favor simple que le agradecería desde el fondo del alma?  Dígame si, en efecto, tal cual usted me ve, estoy vivo.

 

 

 

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