En Costa Rica no hay mujeres

En Costa Rica no hay mujeres

Jacques Sagot, Revista Visión C R.

Costa Rica es el único país del mundo donde no hay mujeres, sino más bien “cabras”, “cabrillas”, “hembras”, “hembrillas” “hembrones”, “mulones”, “chi-chís”, “nenas”, “culazos”, “rabos”, “muñecas”, “menecas”, “maquinones”, “zorras”, “perras”, “ricuras” “mamasotas”, “mamasitas”, y “cuatro por cuatros”.  Así es, mis perplejos lectores.  La palabra “mujer” nos inspira terror.

Representa lo innominable, lo indecible, lo que Freud hubiera llamado Das Unheimliche: lo siniestro, eso que mantenemos oculto en los desvanes de la mente, lo que no debe emerger a la superficie, lo suprimido (no “reprimido”) del lenguaje y las ideas.  Término esotérico que no debe ser proferido sino en el contexto de ritos ocultos y charlas sobre educación sexual.  Por lo demás, la mujer se evapora dentro del discurso del hombre, para dar lugar a la “hembrilla”.

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El dispositivo psicológico que opera detrás de tales denominaciones es evidente.  La palabra cumple aquí con su inmemorial función mágica: domeñar y controlar la realidad.  Por medio del significante creemos poder esculpir el significado y apropiarnos de él.  Al cambiarle el nombre a algo vivimos la ilusión de conjurarlo, de someterlo y controlarlo.  Y solo experimentamos la necesidad de controlar aquellas cosas que nos desbordan y escapan a nuestro poder de asimilación.  Uso aquí la palabra “asimilación” en su acepción digestiva.  La mujer comestible, objeto de degustación: la “ricura”.  Mujer para ser paladeada, englutida y –como toda golosina– excretada.  Dos “cantantes” españolas fundan un binomio, e incursionando atípicamente en los ritmos caribeños excretan una lamentable canción que repite mántricamente “devórame otra vez”.  Es un éxito comercial, e ilustra bien el concepto que estoy tratando de exponer.

Pero la noción de “asimilación” tiene también otro significado: la sustancia compleja que es reducida a sus componentes irreductibles y rigurosamente asimilables por el cuerpo.  Asimilar indica aquí “convertir en símil”, “transformar en algo similar”, borrar la diferencia y hacer de la alteridad algo análogo a lo que uno es.  Eliminar en ella todo cuanto hay de intransformable, de indigerible, de manera que el hombre pueda absorberla sin obstáculo.

“Asimilar” es lo que tienen que hacer muchas veces los inmigrantes, verbigracia, asumir miméticamente las características de la nueva sociedad en la que se han integrado.  Mutar en algo similar, semejante a su entorno, y alienar así su identidad.  Y esto es lo que nuestras culturas han hecho con la mujer, siempre conceptualizada como “el otro”, “la alteridad”.

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A menos, claro está, de que prefiramos la estrategia lingüística del zoomorfismo: la “hembrilla”, la “cabrilla”, el “mulón”, la “gallina”, la “zorra” y la “perra”.  Cuando se les quiere denigrar más soezmente, se convertirán en “tarántula”, “piraña”, “barracuda”, “terciopelo”, entre otras lindezas.  La mujer reducida a especie biológica, a taxonomía zoológica.  Abyecta versión de la mujer – Gea – naturaleza – mar – flora – fauna (que también sería condenada por las brigadas de choque del feminismo ultra radical).  No dejemos, por lo demás, de señalar que los animales evocados son siempre bichos de corral, es decir, bestias domesticables, olorosas a caballeriza y gallinero.  Nadie habla nunca de “leona” o de “quetzal” –que, aunque no menos objetables, expresarían siquiera una diferente valencia simbólica–, si bien cuando la tirria personal del hombre se suma a la misoginia, suele invocarse a las víboras de todas las especies que habitan el planeta.  ¡Pobrecitos los animales, condenados a ser mentados cada vez que los humanos decidimos sacarnos la lengua!

Observemos también el uso minimizador de los diminutivos despectivos: “hembrilla”, “cabrilla”, y la utilización del superlativo únicamente cuando el animal encarna la imbecilidad y la testarudez: “mulón”: la espesura de las ancas, la crin – cabellera – brida (símbolo de amaestramiento, de dressage), la cabalgata, y el estúpido empecinamiento de la mula de tiro.

Señalemos, asimismo, la “infantilización” o “puerilización” de la mujer: “chi-chí”, “muñeca”, “nena” “meneca” (deformación de “muñeca”, con el énfasis en “mene”, que sugiere el menear de las caderas), y el típico “babe” de los estadounidenses, deformación de “baby”.

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Los términos “hembrilla” y “cabrilla” sugieren bichitos inocuos e indefensos.  La mujer no solo es animal, sino que suele ser cachorro: aun en el reino del rebuzno, el relinche y el cacareo, debe hacer las veces de cría, de valetudinaria bestezuela.  Ello cuando no se le inflige una de las más insidiosas formas de la metonimia o la sinécdoque: la designación del todo por sus partes (pars pro toto).  En tal caso, la mujer es sus nalgas, sus senos, su vulva, aquello o lo otro… ustedes saben bien a lo que me refiero: “¡Huy mae: vea qué buen rabo viene ahí!”  ¡Y estos son los requiebros, no hablemos ya de los improperios!

Nada menos inocente que la palabra.  El prejuicio, el sexismo, la voluntad de sojuzgamiento encuentran en ella su formulación natural.  La porquería ideológica anida en los resquicios mismos de la palabra: ahí crece y fermenta, transformando el noble instrumento en aguijón ponzoñoso y tetánico.  El costarricense ha empuñado la palabra para degradar aquello a lo que le teme.  En su vocabulario habitual la mujer es siempre un ser desposeído, disminuido, animalizado, un comestible, un cachorro (la versión menos peligrosa de cualquier animal), un mero fetiche, todo menos lo único que debería ser: una persona.

Y yo siento a veces una vergüenza tan profunda de ser hombre, que quisiera pedir disculpas en nombre de todos aquellos congéneres que han transformado la palabra en vehículo ideológico para la denigración de la mujer.  A ustedes, compadres de pelo en pecho, gauchos, cowboys, falócratas y machazos del trópico tercermundista, les dejo esta reflexión perentoria: dime cómo tratas a tu compañera, y te diré exactamente la ralea de fanfarrón que eres.

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