“Algo se muere en el alma, cuando un amigo se va.
Cuando un amigo se va, y va dejando una huella
que no se puede borrar”
(Sevillana, letra: Manuel Garrido López, Manuel García Gutiérrez)
Adriana Núñez, periodista Visión CR
(Foto de portada propiedad de La Nación. En la gráfica, Jaime Hernández, quien dirigió en 2019 la obra «Única mirando al mar» basada en el libro de Fernando Contreras Castro.)
Su muerte, acaecida el 29 de julio pasado, me dejó muy impactada. Y para poder digerirla, he esperado casi un mes antes de realizar este humilde homenaje a Jaime Hernández, cuya estatura como padre, amigo, actor y director teatral fue siempre enorme,
Conocí a Jaime en la segunda mitad de la década de los años 80, cuando por cosas del destino, recién llegada de Estados Unidos y en virtud de la renuncia del inolvidable colega Renato Cajas, a la jefatura de prensa del Ministerio de Cultura, me correspondió el privilegio de asumir el cargo, siendo titular de la cartera el escultor y humanista Hernán González, de grata memoria.

Una de las personas que me guio durante las primeras semanas y de quien conservo inmejorables recuerdos y gratitud, fue Lilliam, esposa de Jaime en aquella época y madre de sus hijos. Entre ambos forjaron un vínculo de cariño y protección que trascendió la separación marital y mantuvo el núcleo familiar indisolublemente unido.
Gracias a ella, conocí más de cerca al cálido y jovial ser humano y por supuesto, al artista cuya sensibilidad y talento se desarrollaron exitosamente, a través de más de cuatro décadas de creatividad y trabajo; y me atrevo a decir que se grabaron por siempre sobre distintos escenarios, en la memoria de amplios públicos y de gran cantidad de colaboradores.
Jaime, marcaba la diferencia en el complejo y diverso gremio de actores no solo por su gallardía, fineza y honestidad actoral, sino también por la sólida estructura profesional y personal que lo sostenía, incluso ante el embate de las tempestades.
Graduado de la Universidad de Costa Rica, cursó posteriormente una maestría en dirección teatral, que de forma determinante le permitió contribuir con el auge de la actividad experimentado en Costa Rica y con la selección de montajes importantes; también -claro está- a través de sus aportes como actor y luego desde su cargo de director de la Compañía Nacional de Teatro, labor que redundó en un notable aumento en la calidad de las ejecuciones y obras que en esos años se presentaron.

Pero más allá del arte, hilaba con amor sus relaciones de familia y los nexos que le mantenían al tanto del quehacer de sus amigos.
Habilidoso cocinero, amante del cine, apasionado intérprete, de sonrisa cautivadora y conversación más que amena, Jaime aprendió a estar presente en la vida de muchos de nosotros, compartiendo de vez en cuando una copa de vino, un momento trascendental de alegría o de dolor, o simplemente una confidencia que necesitaba salir del pecho y que él se guardaba para sí, como inquebrantable custodio.
Tras la muerte de nuestra común amiga-hermana del alma, Alexandra Steinmetz, pudimos sentarnos frente a un café a compartir recuerdos y alentarnos mutuamente, justo cuando la pandemia de Covid 19 estaba por estallar.
Y luego, en tiempos post pandemia, un par de encuentros fortuitos, algunas llamadas telefónicas, comentarios y mensajes, nos mantuvieron conectados en los últimos años, en los que otras pérdidas igualmente difíciles azotaron mi vida.
Durante largos días antes de recibir la noticia de su muerte, había estado preguntando por Jaime, pero mis interlocutores no sabían nada sobre él. Y de pronto, de golpe y porrazo, me enteré de su partida.
Muchos y variados sentimientos se detonaron en ese momento. La existencia misma a veces nos conduce por caminos que nos alejan temporalmente de aquellos seres especiales a los que estamos unidos, sea por sangre, amistad o simple admiración. Y cuando nos damos cuenta, ya se han ido. No obstante, nunca es demasiado tarde para expresar el impacto que tuvieron en nosotros.

Por esa razón hoy, con gratitud, te recuerdo y con profundo afecto te nombro, Jaime Hernández, queridísimo amigo. Estarás ahora -mucho más libre que nunca- compartiendo el éter con Ale y como escribió Machado y cantó Serrat, con otras muchas personas irremplazables que «son buenas gentes que viven, laboran, pasan y sueñan, y en un día como tantos, descansan bajo la tierra»
Paz a tu alma inquieta y a los corazones de la familia y amigos cercanos que desde este plano te recuerdan.