Lo divinamente humano

Lo divinamente humano

Jacques Sagot, pianista y escritor.

El VAR no es la mirada de Dios, que observa, juzga, absuelve o castiga.  Es una pieza de tecnología al servicio del hombre –cosa digna de aplauso, en un mundo donde estamos cada vez más al servicio de la tecnología y nos hemos convertido en instrumentos de nuestros instrumentos–.

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El VAR reproduce imágenes.  Estas imágenes representan signos –un pie que engancha a otro pie dentro del área penal–.  No nos dice nada sobre la intencionalidad de los jugadores, no determina la alevosía o inocencia del gesto.  La lectura de los signos del VAR conlleva un esfuerzo de semiótica.  La semiótica de la imagen.  La descodificación de los signos.  Es aquí donde el árbitro debe transformarse en sagaz hermeneuta: un descifrador, un exégeta de signos.  Con base en ellos propondrá una interpretación, y emitirá un dictamen.  Y es a este nivel que el sistema es y será siempre falible: al nivel del error humano.  Error de interpretación.  Porque esa interpretación solo puede ser subjetiva, y como tal está sujeta a la falibilidad inherente a cualquier juicio y empresa humana.  Quienes creyeron que con el VAR vendría la justicia impoluta, virginal y absoluta habrán quedado hondamente decepcionados.  Sucede que esa justicia no existe en lugar alguno del mundo.  El sistema del VAR es divinamente sucio, divinamente falible, divinamente humano, y me alegro de que así sea.  El error es constitutivo del fútbol.  No es un aséptico quirófano, sino un tinglado donde lo esencial humano (errar) se manifiesta como en cualquier otro ámbito de la cultura.

En un deporte en el que se equivocan los delanteros, los defensas, el portero, los directivos, el cuerpo técnico, el que expende los boletos en las ventanillas del estadio, el tipo que vende maní, golosinas y viseras entre las graderías, el periodista futbolero, el camarógrafo que capta y transmite el partido… ¿por qué esperar infalibilidad del árbitro?  ¿No es acaso humano, y participa del errare humanum est que constituye uno de nuestros principios identitarios?  Si en el fútbol nadie, nunca, se equivocara, jamás habría goles (todo gol procede, de cerca o de lejos, del error de un jugador en un momento dado: una mala entrega, un pase interceptado, un dribling fallido que propicia un contra-ataque, etc).  La gente asume que el VAR es el ojo de Dios, “ese que todo lo ve al verse a sí mismo” (Kant).  Pues no, las cosas no son tan simples.  El fútbol es lo que Michel Foucault hubiera llamado “un generador de discursividad”.  La asepsia absoluta está muy bien para la mesa de disecciones, pero en el deporte, en el sexo, en la política, en la guerra y en la pasión es absolutamente deplorable.  Necesitamos un poquito de “suciedad”.  El ser humano es divinamente, deliciosamente impuro.

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El fútbol no será nunca, nunca, nunca, una ciencia exacta (y desde los teoremas de Gödel y las paradojas de Russell sabemos que ni siquiera las ciencias exactas son tan exactas como creíamos).  Todo en él es aproximativo, tentativo, un clinamen hacia la justicia, que jamás alcanzará su meta.  No es cosa que debamos lamentar, sino más bien celebrar.  El ser humano padece de una sed endémica de absolutos (el bien absoluto, el mal absoluto, la sabiduría absoluta, el éxtasis absoluto, la ciencia absoluta, la belleza absoluta): es la prueba de que no habita en un mundo de absolutos, sino de verdades parciales, relativas, fragmentarias.

Un partido de fútbol es un texto, y como tal se propone a sí mismo para la lectura.  Esa lectura puede ser correcta, errónea (o ambas cosas al mismo tiempo).  La “legibilidad” del fútbol presupone interpretaciones diversas.  No hay forma alguna de escapar a las divergencias, los criterios encontrados, la polémica.  Cinco personas leen Los hermanos Karamazov de Dostoievski, y extraen de la novela conclusiones completamente disonantes: ¡bien, es lo propio de la subjetividad humana!  Unos considerarán que es una novela filosófica, otros que es teológica, otros que es psicológica, otros que es sociológica, otros que es antropológica.  Y la verdad de las cosas es esta: ¡todos llevan razón!  Como decía Borges: “La razón, o la tenemos todos, o no la tiene nadie”.

Quizás llegue el momento en que una computadora sea capaz de determinar la mala voluntad o la inocencia que se oculta detrás de cada gesto futbolístico: seremos transparentes para ella.  El fútbol será un ejercicio moralmente perfecto, la residencia misma de la justicia.  ¡Cuán aburrido!  ¡Cuán estéril!  ¿De qué hablaríamos entonces los que comentamos el fútbol?  ¿Sobre qué polemizaríamos?  ¿Qué tópicos generarían nuestra discursividad?  ¡De cuántas deliciosas controversias nos perderíamos!  ¿Y qué haríamos sin esa divina ira regis que nos embarga cuando nuestro equipo es perjudicado por una injusticia?  ¡Hasta eso debe ser disfrutable en el deporte!

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Buena cosa, minimizar el factor error y acercarnos cuanto sea posible a la entelequia de la justicia absoluta.  Es una bella travesía, un itinerario correcto.  Sabiendo, eso sí, que nunca llegaremos al ansiado litoral, y que nuestro deporte está exquisitamente embarrado de humanidad, es decir, de falibilidad.

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