Jacques Sagot, Revista Visión CR.
No es la primera vez que me pasa, y tampoco será la última: que me interrumpan en plena preparación de un exquisito tournedos para que les hable de mi vida y de mi música. No termina la gente de entender que en 1829, a los treinta y siete años de edad, decidí retirarme de la composición musical para dedicarme a la gastronomía, una actividad quizás menos sublime, pero no menos placentera.

“Guillermo Tell” fue mi última ópera. Desde entonces -y ya hace treinta y cinco años de esto- lo único que he compuesto ha sido un “Stabat Mater”; una obra que, en amigable parodia de Beethoven y su “Gran Missa Solemne” titulé “Pequeña Misa Solemne” para coro, harmonio y piano (¡imagínese usted la combinación!) y, para terminar, una serie de miniaturas llamadas “Pecadillos de Vejez”. No me pregunten en qué consistían esos “pecadillos”, porque entonces no serían pecadillos sino confesiones… y porque después de todo tal vez no eran tan pequeños.
MI SECRETO
Ahora que hablamos del gran Beethoven, alguna vez me dijo: “tiene usted mucho talento, muchacho, pero nunca se dedique a otra cosa que a la ópera bufa”. Yo lo respetaba inmensamente (¿quién no lo hacía?), pero sé que el éxito de mis obras le daba cierta cólera. No lo culpo. Mientras él componía cuartetos de insondable profundidad, yo escribía “La Urraca Ladrona”, y cosechaba más aplausos que él.

El secreto de ese éxito es muy simple: he vivido entre titanes; imagínese usted: Beethoven, Schubert, Mendelssohn, Schumann, Chopin, Liszt, Wagner… todos hicieron a la gente soñar, todos optaron por lo trascendental, todos llenaron su música de emociones intensas y de confesiones a menudo desgarradoras, pero se les olvidó una cosa: hacer reír al público. Yo he escrito música llena de sentimiento, pero también he divertido a la gente; nunca me olvidé de que en la música puede haber picardía, malicia, ironía, bufonadas… y eso es lo que me ha hecho diferente.
UNA VIDA BUFA
¿Mi vida? Tal vez la mejor ópera bufa que jamás compuse. Soy hijo de un músico de Pesaro. De ahí viene mi sobrenombre: “El Cisne de Pesaro”. (No tengo mayor aprecio por los cisnes. Prefiero un buen pollo “a la Rossini”). El pobre hombre tocaba la trompeta en una orquestita municipal, y todo lo que recuerdo es que desafinaba mucho. Mi mamá era lavandera, y un buen día decidió hacerse cantante de ópera. Era una mujer maravillosa, pero no sabía una nota de música, y cantaba de oído en pequeñas compañías ambulantes.
Nací cinco meses después de la boda de mis padres, y eso provocó la inevitable murmuración de las comadronas. De ellas me desquité con las viejas fisgonas de “La Urraca Ladrona”. Soy un buen caricaturista. Quien me hace daño está condenado a aparecer después en alguna de mis óperas, en roles no muy halagadores.

Mi primera presentación pública consistió en tocar el triángulo en un desfile de mi escuela. No supe llevar el ritmo, y odié de inmediato el instrumentillo en cuestión. Por eso lo uso tan poco en mis óperas. Así que no, no fui precisamente Mozart.
ESTUDIOS, VIAJES
Contrariamente a lo que alguna gente piensa (esos que juzgan mi música facilonga y desprovista de ciencia), hice estudios profundos de contrapunto (el arte de superponer varias líneas melódicas simultáneamente), que, como usted sabe, es una de las disciplinas más difíciles de la composición. Lo hice en Bologna, ni más ni menos que con Förster, un alumno del gran Haydn. ¿Quieren ustedes una prueba? Escuchen la fuga del “Amen” que cierra mi “Stabat Mater”. (Aquí entre nos, también comencé esta pieza con la intención de que fuera una ópera, al punto de que en algunas partituras se lee todavía: “Ópera”. Pero pronto encontré el estilo sacro que le convenía).
Vinieron muchos viajes: Nápoles, Londres, París… Mi primer éxito fue “La Escala de Seda”, compuesta cuando tenía veinte años. Luego vinieron otros títulos bien recibidos: “La Italiana en Argel”, “La Cenicienta”, “Semirámide” y, por supuesto, “El Barbero de Sevilla”. Una confesión: ya mi compatriota Giovanni Paisiello (olvidado hoy en día) había compuesto un “Barbero” basado en el mismo texto que yo, y no son pocas las ideas que de él tomé. Pero el mío es, por supuesto, mejor. Déjeme ser inmodesto. Acuérdese que ya estoy en la edad de los “pecadillos de vejez”, y la vanidad es uno de ellos.
Siempre sentí devoción por Mozart. Tanto sus “Bodas de Fígaro” como mi “Barbero de Sevilla” están basados en dos comedias “conectadas” de Beaumarchais, el dramaturgo francés de la época de la revolución. Curiosamente, la secuencia de las dos comedias es: primero “El Barbero”, y luego su continuación: “Las Bodas”. Pero resulta que la historia de la música invirtió el orden de las obras: Mozart escribió sus “Bodas” en 1786, y yo mi “Barbero” en 1816, ¡o sea que la narración quedó al revés!

MI OBRA CULINARIA, MIS DEFECTOS
Curiosamente, mis óperas no tienen número de opus, ¡pero sí se los he dado a mis platillos! El tournedos es Op. 1, el Filete es Op. 2, los ravioles son Op. 3, y así he levantado todo un catálogo de mis más señeras creaciones culinarias. ¿No es acaso la cocina un arte, con su “contrapunto” (combinaciones de sabores diferentes) sus pianísimos (sabores suaves), y fortísimos (sabores intensos)?
Alguna gente cree que me retiré de la música por perezoso. Lo soy, en efecto, y ese no es un pecadillo, sino un defecto muy serio. Pero la verdadera razón fue que en 1829 me enfermé seriamente; sufría de dolores abdominales y la tensión de esta profesión de locos me estaba matando. Como consecuencia de eso mi matrimonio se cayó a pedazos… era un precio muy alto a pagar. Entre 1808 y 1829 escribí treinta óperas: ¿qué más podía pedírseme? Terminé por sentir que producía óperas como una fábrica de embutidos. Pero sí era perezoso, lo admito: mi costumbre era componer en la cama: si se me caía una hoja de la partitura, prefería a veces empezarla de nuevo antes que recogerla.
A RATOS SOY SERIO
Pero estoy seguro de que la historia de la música no me recordará (si me recuerda) únicamente como un autor “liviano”: al lado de mis comedias le puse música a autores muy serios: Shakespeare (“Otello”), Voltaire (“Semirámide”), Walter Scott (“La Dama del Lago”), Schiller (“Guillermo Tell”) y, por supuesto, Beaumarchais (“El Barbero de Sevilla”). ¡Convendrá usted en que no siempre escogí temas frívolos!

Y ahora que hablamos de autores célebres, permítame otro acceso de vanidad: soy el primer compositor en la historia de la música que no tuvo que morirse para que le hicieran una biografía: “La Vida de Rossini”, de mi amigo Stendhal, el autor de “El Rojo y el Negro”. Pero Stendhal es más elogioso de la cuenta: no hay que creerle todo lo que dice.
EL TRIUNFO DE LA SONRISA
Siempre amé la voz humana. La he tratado con esmero, buscando las líneas más naturales, más idiomáticas para el instrumento que inspiró mis mejores melodías. El belcanto (el “canto bello”), ha sido mi gran ideal estético. Siempre le he dado a los cantantes la parte del león. Nunca los he aplastado bajo orquestas gigantescas, como… pues como Wagner (una sola vez me reuní con él: fue un diálogo de sordos: él no hizo otra cosa que hablarme de “Tristán” y yo le respondía con “El Barbero” ¡un desastre de conversación!) He escrito literalmente cientos de arias, dúos, tríos, cuartetos, donde la melodía reina soberana y la voz es privilegiada por sobre cualquier otro aspecto de mi música.
El siglo XIX fue excesivamente patético: demasiadas muertes por amos, sentimientos extremosos, gestos de un melodramatismo desmesurado, rasgado de vestiduras, mesadura de cabellos, la ola de suicidios provocada por la novela Werther, de Goethe… Yo he procurado, humildemente, devolverle a la música su sonrisa. Y recuerden: la sonrisa es lo propio de los ángeles, ahí donde la carcajada procaz está inextricablemente asociada a Mefistófeles.
He hecho mi trabajo con aplicación y dignidad. Solo dos veces en mi vida he llorado: la vez en que me silbaron “El Barbero de Sevilla”, y la ocasión en que, durante un picnic, se me cayó en un lago un pollo frito que había preparado. Aparte de eso he sido un hombre alegre, alegre, alegre… como mi música.