Teatralización de la muerte

Teatralización de la muerte

Jacques Sagot, pianista y escritor.

La muerte, experiencia privada por excelencia, el acto más privado que nos será dado vivir –porque la muerte es siempre solitaria–, ese acontecimiento intransferible y estrictamente personal no deja por ello de ser, como casi cualquier empresa humana, espectáculo.  Sí señor.  Por contradictorio que parezca.  Una enorme, ritualizada mise en scène, un montaje sensacional que los demás arman en torno a nuestra figura ya sin voz, a esa destartalada marioneta en que de pronto nos transformamos.  El muerto provee la materia prima; el público –el que aplaude secretamente o se desgarra las vestiduras desde la galería de los vivos– se encarga de pautar el folletín, de elaborar el correspondiente melodramón, con la venia del occiso o sin ella.

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A nadie le gustan los entierros, como a nadie le gustan los bautizos, las primeras comuniones o los tés de canastilla (si fuésemos menos hipócritas lo admitiríamos sin ambages).  Son cosas a las que hay que ir, y punto.  Aún más: sospecho que hay quienes se divierten más en los sepelios que en las otras ceremonias mencionadas.  Hay en ellos más pathos, más suspenso, más efectos especiales, más histrionismo.  Por lo demás, los bautizos, primeras comuniones o tés de canastilla son igualmente teatrales, pura pantomima, bailes de máscaras, sainetes llenos de parafernalia dramática.

Lo confirmé recientemente durante la vela de un buen amigo.  Lo quería demasiado como para convertirlo en espectáculo, así que ni siquiera me asomé al ventanuco del ataúd donde yacía, sin duda abochornado y humillado de verse convertido en objeto de patéticas marejadas y de la más mórbida curiosidad por parte de los presentes.  No se merecía tal cosa, el pobre, y hubiera sido el primero en desaprobar tal mojiganga, pero qué se le iba a hacer: ahí estaba el hombre más discreto del mundo, obligado a representar el papel protagónico en una zarzuela del peor gusto imaginable.  Decidí entonces transformar a los atisbadores en atisbados… ¡y vaya si me divertí!

Todo en aquel recinto estaba organizado según una disposición escénica estrictamente espectacular.  El churrigueresco ataúd cubierto de guirnaldas resplandecía en su proscenio, a la luz de un reflector cenital.  El siniestro anfiteatro atiborrado de gente, la música de fondo (el Canon de Pachelbel o alguna otra cantilena de ese jaez), la homilía del santo varón, enunciada con voz impostada y un “latiguillo” digno de Berta Singerman…  ¡Ah, qué cosa tan abyecta, la teatralización de la muerte!

La vela del difunto en casa - Artículo | Funeral Natural

Pues es para los otros que uno muere, siempre para los otros –uno no está ya presente en el momento en que la muerte adviene–.  Son los otros los que aplauden, vitorean, sollozan, se mesan los cabellos, se rasgan los atuendos…  No por casualidad hay lloronas profesionales a las cuales se les paga un caché para ir a llorar en ciertos velorios.  Me recuerda una ministra de cultura que todo lo resolvía con un par de pucheros y las cataratas del Zambeze a guisa de lágrimas.  Más que ministra, era una plañidera a tiempo completo.

La verdad es que en estas circunstancias aun las lágrimas terminan por ser una forma de entertainment, de divertissement como el que tan acerbamente criticaba Pascal.  Y no digo que no sean lágrimas sinceras.  Desde luego que lo son.  Mi pregunta es: ¿llorarían esos actores consumados de tan catártica manera si se encontrasen solos?  Tengo para mí que no.  La muerte saca en cada uno de nosotros al gran actor que llevamos dentro.  En un funeral cualquiera puede hacer las veces de Sarah Bernhardt o Laurence Olivier.  De nuevo: no digo que se trate de hipocresía, o de las lágrimas “contratadas” de las plañideras.  El actor que llora en escena no es un farsante: está en efecto sintiendo el dolor que encarna.  Sucede, nada más que, así como hay gente únicamente capaz de llorar a solas, hay otra gente que solo es capaz de llorar en público.  Sin un “auditorio” –sin la caja de resonancia del otro– no son capaces de liberar ciertas cosas que llevan dentro.  El gran filósofo estoico Séneca habla de esto, en sus hermosas Consolaciones (a Marcia, Helvia y Polibio) y en sus Cartas a Lucilius.  En estas obras señala la importancia de no abandonarse voluptuosa y auto-concesivamente a las lágrimas, de no embriagarse de ellas, de no contagiar ni dejarse contagiar por ese río cuyas esclusas se abren en sociedad, y dejan pasar el diluvio universal.

Las que lloran para purificar el alma

¡La muerte: el telón final, la comedia postrera, nuestro último gran monólogo, the last curtain call!  Un acto privado transformado en acto público por los otros.  ¡Bravo, bravissimo, encore!  ¡Que se vuelva a morir el muerto!  ¡Más lágrimas, más aspaviento, más vibrato del violín, más rasguido de las cuerdas!  ¡Que nos haga sentir vivos, a punta de dolor, este insigne muerto, ese protagonista, ese matador que hoy vitoreamos y lloramos a un tiempo!  ¿Qué importa sufrir, si –como en una ópera de Puccini– el dolor nos va a hacer sentir más intensamente la vida?  ¡Todo sea antes que la apatheia, la astenia, la analgesia del espíritu!

Todo esto es tan histriónico, tan espectacularista y peliculero, que incluso se contratan lo servicios de plañideras profesionales: mujeres entrenadas para llorar diluvialmente, sin duda dotadas de aparatos lacrimales excepcionalmente desarrollados.  Son capaces de generar auténticos tsunamis de llanto.  No sienten dolor alguno, simplemente saben cómo llorar cuando el director de orquesta les da la entrada.  Es un signo sin significado, un gesto sin contenido, una mueca carente del pathos que debería justificarla.  Actrices consumadas, y en tanto que tales, figurantes infaltables del espectáculo mortuorio.  Con la entrada de los cantantes y coros, estamos ya de lleno en el mundo de la ópera, en el sentido más vulgarmente melodramático del término.  Y luego los oradores que piden la palabra para entonar, con la voz ahogada por la emoción, los loores del difunto: ¡ya esto es, por poco, un circo!

Aun en la muerte estamos condenados a vestir nuestra máscara, a interpretar nuestro pequeño papel en el theatrum mundi.  En vida no hacemos otra cosa que trata de liberarnos de la mirada objetivadora de los otros, pero ¡oh ironía!, es para ellos que morimos.  Y es como una cosa fría y yacente que se asoman a vernos en el fondo de nuestro sarcófago.  Quizás lo más humillante de la muerte sea la manera en que nos transforma para siempre en objetos.  Pasivos.  Yertos.  Inanimados como puede serlo un mueble, una vasija o una piedra.  Dejamos de amenazar al prójimo con la soberanía de nuestra conciencia: nos convertimos por fin en la cosa inerte, contenida, silenciosa, que siempre hubieran querido que fuésemos.  Y por supuesto, de inmediato somos beatificados, nuestros loores cantados a capella aun por nuestros enemigos, esos que ahora se dan tono pretendiendo haber sido entrañables amigos nuestros.  Sí: incluso nuestros enemigos se tornan generosos, y en un arrebato de conmovedora magnanimidad se suman al coro de apologistas y orantes.

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Nos maquillan y visten de gala –¡a la muerte hay que llegar bien mudadito!–, nos peinan, acicalan y perfuman; aún muertos debemos plegarnos a los preceptos de la etiqueta y de la cosmética.  Ataviados con nuestro mejor traje bajamos a la tierra.  Posiblemente el mismo con que nos casamos o dimos el primer concierto de nuestra vida.  ¡La muerte, que es la desnudez misma!

Salí de aquella vela con algo más que el corazón estrujado.  Había descubierto que el ser humano, aun en medio del más auténtico de los dolores, está siempre en representación, in character, que el histrionismo es su naturaleza misma, que la vida social requiere de nosotros la capacidad de desdoblamiento actoral, y la constante escenificación de nuestros sentimientos….  Una especie de depravada, abyecta pornografía del dolor y de nuestras emociones.

Y de inmediato decidí tomar la providencia de prohibir terminantemente que nadie haga de mi muerte un espectáculo.  Lo estipulo hic et nunc: no quiero que la Parca me haga más bello, ni más bueno, ni más querido de lo que en vida fui.  No, no, no: no fui un ciudadano ejemplar, un hijo, sobrino, tío, o esposo modélico, no fui la gloria de mi vecindario, no fui un prócer de la patria, no fui un gran pianista, escritor o profesor.  Fui apenas un hombre que hizo lo que pudo, pensó lo que pudo, enseñó lo que pudo, tocó la música que pudo y escribió lo que pudo.  No lo que quiso, no: ¡lo que pudo!

El único espectáculo que estoy dispuesto a ofrecerle al mundo es el de mi música y mi literatura, y ellas no son muerte.  Son vida pura y plena.

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Un comentario en «Teatralización de la muerte»

  1. Y puedes Muchísimo querido Amigo, muchísimo mas’ que la gran mayoría. Tu Musica, tu literatura y tu Palabra son un ofrecimiento único y valiosísimo, que junto con tu Amistad son vida pura, Gracias por esa dadiva.

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