Vergüenza nacional

Vergüenza nacional

Jacques Sagot, pianista y escritor.

Junio de 1972.  Mis papás me llevan a oír a Ravi Shankar.  Sabía perfectamente quién era, y su música me gustaba de extraña, hipnótica manera, una fascinación que sigo sin poder explicarme.  Lo había escuchado frecuentemente en la Radio Universidad de Costa Rica, a menudo tocando a dúo con Yehudi Menuhin.  Y sus conferencias radiofónicas: era un hombre de profundísimo conocimiento musical.  Un gran maestro.  El más reconocido instrumentista indio de todos los tiempos.  Primer signo alarmante: es presentado en el Gimnasio Nacional, no en el Teatro Nacional.  I should have known better.  Pero no debo ser severo conmigo: tan solo era un niño de nueve años de edad.

El mayor título de gloria de Shankar era, según la prensa local, haber tocado con los Beatles.  Como tal lo vendieron: “Ravi Shankar: The Beatles´ favorite musical partner”.  Los inmundos, mercachifleados, sobrevalorados, pandémicos Beatles: la Coca-Cola light de la música.  Y el gimnasio se llenó a reventar.  Gente fumando marihuana por doquier, rostros embrutecidos, sedados, que miraban sin mirar, espíritus ausentes de sus cuerpos, la bobalicona expresión de los lobotomizados.  Shankar empezó a afinar su noble sitar… ¡y la chusma, creyendo que se trataba de la primera pieza del programa, prorrumpió en soez aplauso!  Visible incomodidad del músico.

Ravi Shankar: el alma de la música pasó por el mundo - Revista Visión CR
Ravi Shankar junto a George Harrison.

Siguió con su recital.  La gente comenzó a entrar en éxtasis, y no precisamente musical.  El vasto recinto se llenó de un humo espeso, compacto, que se cortaba con la mano en el aire.  En media ejecución, la turba de facinerosos comenzó a corear: “¡Los Beatles, los Beatles, los Beatles!”  Shankar pidió silencio, pero fue desoído.  Luego de tres, cuatro piezas,  el maestro se puso de pie, recogió sus instrumentos, y junto a sus colegas abandonó el “escenario”.  Yo estaba perplejo, mis papás no sabían qué decirme.  Volvimos a casa consternados, avergonzados.  En entrevista posterior, Shankar declaró: “Costa Rica es un país profundamente inculto: no regresaré”.

De hecho regresó, cinco años después, y tocó en el único ámbito capaz de hacer honor a su genio: el Teatro Nacional.  Fue ovacionado.  Pero el bochorno de 1972 me marcó para siempre.  “Profundamente inculto”, dijo el viejo, la mirada llena de melancolía -lo estoy viendo-, triste y desalentado, más que irritado.  ¡Y es tanto lo que desde entonces hemos retrocedido!

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