Federico Paredes, analista agroambiental.
Los primeros elementos de contaminación que producimos como humanos, desde que nacemos, son las heces y la orina, y de ahí en adelante los seguimos generando, hasta el día de nuestra muerte. Es el ciclo metabólico de los seres animales en general.

No tenemos ninguna duda sobre la gran utilidad que los plásticos o materiales a base de polietileno, han tenido para la humanidad. Podríamos hacer un listado de los beneficios o características positivas que muestran estos polietilenos, por ejemplo, no se herrumbran, no se quiebran al caerse a una altura promedio de metro o metro y medio, son muy dúctiles, su peso es ligero para efectos de transporte, y así por el estilo.
Sin embargo, cada vez más son las ciudades, los Estados y los países que han prohibido la producción, venta y uso de bolsas de plástico de un solo uso y con ello hemos entrado en una fase de transición para darle paso al otro material más “amigable” con el entorno y su rápida degradación. Es por ello, por lo que el papel se ha convertido en una excelente alternativa popular en las compras en el supermercado.

De primera entrada, esto parece una victoria obvia para el medioambiente, por una razón muy sencilla, las bolsas de plástico se fabrican con derivados del petróleo, y automáticamente se convierten en una importante fuente de contaminación.
No obstante, los empaques de papel y las cajas de cartónno son necesariamente una mejor opción ya que tienen su propio listado de advertencias ambientales, al igual que las bolsas reutilizables.
Es muy difícil hacer una comparación de los distintos tipos de bolsas para ir de compras, debido a que la huella ambiental de una bolsa depende de una gran cantidad de factores tales como su proceso de producción, cuáles materiales se utilizaron, cuánta fue la distancia que medió en el transporte de materiales y muchos más.
Los técnicos y especialistas en esta materia han determinado que las bolsas de papel suelen requerir más energía para su producción que las de plástico.

Por ejemplo, un estudio realizado por la Agencia Británica de Medio Ambiente en 2011 concluyó que se tendría que reutilizar una bolsa de papel unas tres veces para que su impacto en el calentamiento global, sea equiparable al de una bolsa de plástico utilizada una sola vez.
Por su parte, la Autoridad de Protección Ambiental de Dinamarca efectuó una investigación en 2018, y llegó a una conclusión similar a los ingleses, de que las bolsas de plástico elaboradas con polietileno de baja densidad, una forma de plástico versátil y muy utilizada, tienen la menor huella ecológica de ocho tipos de bolsas de supermercado, incluidas las de papel.
Ahora bien, ¿qué ocurre con las bolsas que son desechadas? Según el estudio de los británicos, lo que sucede con una bolsa al final de su vida útil contribuye muy poco a su impacto en el calentamiento global. Sin embargo, desde una perspectiva ambiental más amplia, sigue valiendo la pena reflexionar sobre esa pregunta.

De los millones de bolsas plásticas que se usan por parte de los consumidores en los EUA, únicamente se recicla un 10%, de acuerdo con los registros obtenidos de la EPA (Environmental Protection Agency, es decir, la Agencia de Protección Ambiental).
Siempre en el mismo rubro de las bolsas, pero esta vez de las de papel, la tasa de reciclaje es de un 43%, sustancialmente mayor que las de plástico.
La diferenciación de las bolsas de papel con las de plástico, no es tan sencilla, dado que incide una serie de factores y circunstancias en su fabricación. Podemos mencionar algunos de ellos, las metodologías de fabricación, el tipo de material utilizado, la distancia que separa los sitios de producción de las materias primas con las fábricas de estas bolsas, la cantidad de agua utilizada o de la energía eléctrica consumida, entre otros.

Por supuesto, el uso de una de papel no excluye a una de plástico; en el supermercado o en una feria de productores agrícolas, al comprar productos lácteos que están en refrigeración o los mismos vegetales (frutas, verduras, legumbres), necesariamente el uso de la bolsa plástica será indispensable. Paquetes de galletas, servilletas, chips, café empacado o cajitas de té, por ejemplo, perfectamente se colocan en las de papel.
Al final, la mayoría de las bolsas de papel y plástico terminan en un vertedero o, en menor medida, en una planta incineradora.
En los rellenos sanitarios, las bolsas de papel al descomponerse producen metano y dióxido de carbono, ambos GEI (gases de efecto invernadero) potentes. En cambio, una bolsa de plástico en un vertedero no produce ninguno de los dos, pero, cuando el plástico se escapa al medioambiente, puede degradarse en microplásticos que pueden duran siglos en descomponerse.
Así, es un imperativo tomar conciencia de la clase de bolsas que estamos usando.