Jacques Sagot, pianista y escritor.
Estaba solitaria, la estación. Tarde en la noche. ¿Habría ya salido el último tren? Me acerqué al indigente. Uno de esos que instalan sus harapos –con esmero llamativo, por cierto– sobre alguna de las bancas, y en las noches de invierno hacen del metro su asilo nocturno.
“¿Quedará aún un tren?”
“Nada hasta las cinco de la mañana”.
Una contrariedad… Ciertamente menos que una tragedia, pero bastante más que un mero contratiempo. El frío, la oscuridad, el prospecto de tener que remontar las escaleras –mi cadera fracturada resiente este tipo de escaladas–, ir a buscar un taxi en algún rincón de una ciudad que duerme, peca, bebe, fornica, ora, vela, come, roba, hace el amor, ve televisión, lee… Pero que, en todo caso, no va a correr en mi auxilio.

El indigente acomoda sus trapos. Como quien tendiese la cama de una estancia real. Con todo el protocolo del caso. Dobla, vuelve a doblar, asegura que los chuicas no entren en contacto con el suelo, amontona la ropa vieja a modo de almohada, la esculpe, procura darle la más acogedora configuración posible, estira las “cobijas”, al pie de la banca instala una botella con agua, y comienza a dormitar.
“Son las dos de la mañana… A las cinco comenzará a despertarlo el estrépito de los trenes y el movimiento de los pasajeros. ¿Consigue usted dormir algo, en estas condiciones?”
“A ratos, sí, a ratos. El tren de las cinco no suele despertarme: estoy aún profundamente dormido. Lo oigo en sueños, lo siento vibrar, pero en mi mente se transforma en dragón, en bombardeo, en orquesta sinfónica… Lo integro a las imágenes del sueño. Después sí me molesta. No el tren. Los tacones de las mujeres que repiquetean sobre la pasarela. Siempre van agitadas. Es un sonido mucho más punzante, más incisivo: se multiplica en los pasillos. Esas hijas de puta son las que me despiertan”.
“¿Y el frío?”
“Salvo cuando la temperatura baja inusualmente, es un factor que se puede sobrellevar. El calor que la fricción de los neumáticos provoca sobre los rieles siempre genera una atmósfera perceptiblemente más caliente en las estaciones. Tenemos nuestro propio micro-clima, por decirlo de otra manera”.

No tenía prisa, el taxi devenía ahora una inexorabilidad, mi vida no cambiaría en lo absoluto por llegar diez minutos o media hora más tarde de lo previsto, a mi apartamento, con su propio micro-clima asegurado, su silencio arrullón, su seguridad, su cama blanda y bien provista de almohadas y edredones, un decimosegundo piso, es decir, unos dieciséis por encima del indigente, que yacía, por decir lo menos, ocho metros bajo el nivel de la calzada.
“¿Sabe usted qué me asusta, durante el mes de enero?”
“¿Que lo asalten?”
“¿Para robarme qué?”
“No lo sé: acaso sea usted un modelo de opulencia, para indigentes más infortunados”.
Rió estrepitosa, amargamente.
“Yo no tengo ya nada que perder. Nunca es tan peligroso un ser humano cuando ya no tiene nada que perder. Cierto de los pueblos como de los individuos. Es entonces que son capaces de cualquier cosa. El mundo me teme, yo ya no le temo al mundo. Es quizás lo único bueno de la condición de indigente”.
Su mirada brillaba, y en su fulgor reconocí un remanente de orgullo, algo así como una sombra de la sombra de la dignidad.
“No, amigo: son las inundaciones”.
“No son frecuentes, en París”.
“Se equivoca usted. París se ha inundado cientos de veces, desde Lutecia al día de hoy. Y las estaciones próximas al río, como esta, son cepos mortales”.
“Vamos: hubo una inundación histórica, allá en 1910, y eso fue todo… No va a repetirse esta noche, amigo”.
“La inundación de 1910 no fue la peor. París se inundó incontables veces en el transcurso de los siglos IX, XV y XVI. De manera catastrófica en 1740, varias veces durante el siglo XIX, y, de memoria reciente, en 1910, 1955 y… Pues hace tres años, en 2010, si bien en esa ocasión el río fue menos malévolo. Además, usted sabe: París es la ciudad del romance y el glamour: los noticieros siempre se encargan de maquillar todo cuanto en ella hay de sórdido”.
Reí.
“¿Es usted historiador, o algo de la suerte?”
“Soy indigente. Es el término con el que se ha referido a mí, y es de todo punto de vista exacto”.
“Pero 1955, 1910, 1740… No era usted siquiera un sueño en la mente de Dios, en esas épocas”.
“He vivido todas las inundaciones de París. El Sena es una divinidad iracunda, inclemente: sé por qué lo digo”.
Asumí que el hombre deliraba. La droga, el alcohol, la privación de sueño…
“Los indigentes somos todos uno y el mismo”.
“Es lo que decía Borges del poeta: todos los poetas son diferentes voces de un Poeta único, que ha recorrido la historia a través de los tiempos”.
“Bueno, pues le aseguro que esto nada tiene que ver con la poesía. No sé quién era su tal Borges, pero puedo garantizarle que yo viví las inundaciones de siglos pasados, que soy el mismo indigente al que uno que otro señoritingo obsequió un escudo por aquí, alguna vez un Luis de oro por allá, ahora ocasionalmente un euro… Todo lo he vivido, todo”.
Comencé a tomarlo con seriedad. Sin creerle, claro está, pero con seriedad. Uno no necesita creer en lo que alguien dice, para prestarle atención. De ser así, no iríamos al cine, al teatro, a la ópera… Ni siquiera nos hubiésemos jamás hecho contar un cuento durante nuestra infancia.
“Este maldito río ha cambiado, sabe usted. En 1448, un niño pequeño podía todavía atravesarlo, saltando de piedra en piedra, a la altura de la Plaza Maubert y Notre-Dame. Era translúcido y limpio. Ha ganado en profundidad, sus aguas esconden muchos secretos y han arrastrado demasiados cadáveres. Ha debido tornarse opaco, encubrir, ocultar. Aguas mentirosas y traicioneras”.
“¿Se refiere usted a la famosa “ahogada del Sena? Era una mujer muy bella. Pero eso no asusta a nadie: es folclor, usted sabe: una leyenda urbana”.

“Esa vieja puta me tiene sin cuidado. Me refiero a las degollinas de la Saint-Barthélemy: durante semanas el día arrastró cuerpos que no terminaban de desintegrarse… Algunos quedaban atascados en las márgenes y ahí eran eviscerados por los cuervos. ¡Y luego vinieron tantos otros!”
“Hay un cuento de Maupassant: “Sur l´eau”: en él…”
“Mi vida no es un cuento, amigo: no hay nada en Maupassant que pueda asustarme. Si alguien se abocase a la tarea de sondear las aguas cenagosas de este río, saldrían mil viejas tumefactas como la de su cuentito, miles de soldados, los cuerpos de cientos de poetas, borrachines, suicidas, niños recién nacidos, fetos, perros, caballos, ballestas, tanques de guerra, muchachas lánguidas que murieron de despecho, otros tantos soupirants rechazados, víctimas de duelos, la cabeza de Juana de Arco, jacobinos, resistentes de la ocupación alemana, viejos amigos míos de la “Corte de los Milagros”, y sí, uno que otro turista, en particular gringos…”
“Pero la ciudad está diseñada para contener las aguas del río en el caso de crecidas…”
“Mierda. La ciudad fue mal planeada desde el principio. Con los ríos no se juega. Felipe el Hermoso –que nada tenía de hermoso, puedo asegurárselo– levantó los diques y muelles a fin de que no se inundaran los edificios “oficiales”… A los demás, que nos llevara el diablo. En 1873, Belgrand, ingeniero responsable –no más que eso– logró encauzar mejor las aguas, pero advirtió –y fue desoído– que los barrios de Auteuil, Javel y Bercy correrían siempre riesgo de inundarse en temporada de crecidas.
Luis XIV no le temía al río: él, con el menor gesto de su diestra, comandaba el nivel de las aguas –de hecho, decretó varias veces que estas cambiasen de rumbo, lo que provocó algunos problemas de navegación en Troyes, Rouen, Le Havre, Honfleur, amén de inusitadas inundaciones en la meseta de Langres– así como el curso de los astros, la sucesión de las estaciones –que a veces de divertía invirtiendo, perversamente,– el eje de inclinación del planeta, y sobre todo, sobre todo, disponía de las reservas de hidrógeno y helio del Sol: no había lengua de fuego o explosión que él no supervisara. Después de su muerte, el Astro Rey se hiso velar el rostro con varios eclipses sucesivos, a fin de expresar su duelo profundo. En la Tierra, los agoreros vaticinaron el fin del mundo, pero por supuesto, no se trató más que de una pena pasajera, y pronto el Sol volvió a sonreír. A sonreírle a algunos, por lo menos, no ciertamente a mí”.
“Para un indigente, la magnitud de sus conocimientos históricos es realmente asombrosa”.
“No me toma usted en serio, ya lo veo. Le digo que yo viví esas cosas, que yo estaba ahí. Todos los indigentes del mundo hemos sido el mismo ser humano. No es conocimiento, es cuestión de memoria. De “memoria institucional”, “memoria colectiva” o “memoria genética” –la llamarían hoy en día, lo cual no es incorrecto, si consideramos que el Sena es, a su modo, una institución”–.
“Según yo, el Sena sólo se habría desbordado una vez: la famosa inundación de 1910. Lo sé por un libro que se llama…”
“París inundado. La crecida de 1910”. Publicado por Le journal des débats, sí, sí, lo conozco”.

“¿Hay algo que usted no conozca?”
“No conozco lo que es una buena noche de sueño, en un apartamento tibio e iluminado, como debe ser el suyo”.
“No, no, no… No será con el juego de la culpabilización y las sensiblerías sociales que va usted a comprarme. De hecho, ya es tarde, y debo ir a buscar un taxi”.
“No lo encontrará. Su mejor opción es pasar la noche conmigo, y tomar el primer metro de la mañana: será cuestión de un par de horas”.
“Comienza a hacer más frío de la cuenta, en esta cripta”.
“¿Quiere que le preste mis harapos? No tienen pulgas, y si bien no huelen como las sábanas del hotel Ritz, es posible que no apesten más que las de su propia cama”.
“Me quedo con mi abrigo de invierno, gracias. Por cierto, mi cama efectivamente apesta, pero es mi propia pestilencia: con esa puedo vivir”.
“Insensato, que crees que yo no soy tú”.
“¿Conoció usted a Victor Hugo?”
“Recorrió las catacumbas para documentarse antes de escribir Los Miserables: ahí lo vi en más de una ocasión, sí, pero no alardearé pretendiendo que haya sido mi amigo. Fue él, sin embargo, quien me enseñó que los olores corporales de los indigentes son todos el mismo: entre nosotros no hay razón para arrugar la nariz y afectar repulsión”.
“Yo no soy un indigente”.
“No, pero sí probablemente un miserable”.
“¿Qué quiere usted decir?”
“Miserable, indigente, desposeído, menesteroso, pobre, desdichado, mísero… ¡Tenemos tantos nombres!”
“Se puede ser un indigente sin ser un miserable”.
“Y se puede ser un miserable sin ser un indigente”.
“¿Tal es mi caso?”
“Usted sabrá”.
En la cóncava vastedad de la galería, nuestras voces parecían reverberar, como lo hace el canto del órgano en las bóvedas de las catedrales góticas. Jamás había escuchado mi voz adquirir tal amplitud, sonido tan broncíneo… Por poco hubiérase dicho una campana. Como campana era también la voz de mi interlocutor. Rota, tal la de Baudelaire, pero campana al fin.
“La inundación de 1910 fue atroz. Se llenó de agua el Quai d´Orsay, varios templos, plazas, edificios de gobierno. Los parisinos no interpretaron el evento como lo que realmente fue: el signo premonitorio del fin de la Belle Époque. Usted habrá visto las fotos de su libro. El río se levantó nueve metros por encima de su nivel habitual. El agua se coló por las cloacas, las alcantarillas, los túneles del metro, las catacumbas… Muchas personas murieron ahogadas. Esta ciudad, con su mundo subterráneo yacente bajo un río proclive a periódicos ataques de furia divina, es una trampa fatídica para los indigentes. Morimos como ratas. La inundación de 1740 arrasó todo el Marais y Saint-Germain-des-Prés. El Primer Imperio no hizo nada por remediar la situación, y el Segundo Imperio, responsable del actual diseño urbanístico de la ciudad, tampoco tomó las medidas que se imponían. A nadie le preocupa la vida de las ratas… Usted sabe cómo son las cosas”.
“Pues no, no sé realmente “cómo son las cosas”. Sé algo de mi vida -que no es ciertamente “una cosa”- y eso es todo”.
“Ese es justamente el problema. Yo, en cambio, he muerto y renacido mil veces. Mi vida ha sido ritmada por este maldito río, por sus humores, su irae regis: tan pronto me asesina, me hace nuevamente renacer. De nuevo: soy todos los indigentes que han sido, son y serán. La historia es cíclica. Quien conoce el pasado, puede sin ningún problema leer el futuro. No es el “don de profecía”, es, simplemente, que la historia es un continuum, y yo he visto esta comedia representada -y abucheada- mil veces. Fui residente de Lutecia, luego de París, actualmente de Sarkozia, y… Bueno, no quiero jugar de illuminato, vidente, zahorí o cosa alguna de ese jaez”.

“No lo tomo por tal”.
“En 2001 la Compañía Arrendataria Autónoma de los Transportes Parisinos adoptó un plan de pronóstico de riesgo de inundaciones: 1 200 personas se movilizan para llenar 475 entradas posibles de agua (las estaciones del RER y del metro, cloacas, escotillas diversas, ventiladores, ascensores) para proteger el kilómetro 140 212 de la red, considerado el más vulnerable a este tipo de percances. El dispositivo se acciona cuando el agua sobrepasa los 5,60 metros de profundidad en el puente de Austerlitz, y servicios de calafateo son movilizados al llegar a los 6,60 metros. Un contrato con las empresas de la Val de Marne ofrece a la Compañía Arrendataria Autónoma de los Transportes Parisinos 70 000 bloques, 20 000 bolsas de cemento, 9 000 listones, 250 mezcladoras de hormigón modulables y 53 artilugios que pretenden protegernos contra las aguas. Siempre impresionan, los números, ¿no es cierto? Pero nada, nada logrará detener este maldito río: su espíritu de insurgencia, sus arrestos de ira divina, su tendencia a la rebeldía ha moldeado el alma de los parisinos. Son criaturas inarmónicas y querellosas. Los ríos esculpen el temperamento de los pueblos que irrigan. Cierto del Tigris y el Éufrates como del Nilo, el Rin o el Sena.
“Habla del Sena como de un enemigo inmemorial, una némesis”.
“No somos enemigos. O, por ponerlo de otra manera, somos ese tipo de rivales que, después de una vida de combatirse mutuamente, terminan por generar una especie de paradójica, torva amistad”.
“¿Cuál es el grado de peligro que corremos para este invierno?”
“¿Ha visto usted la estatua del zuavo en el Puente del Alma? Ese es el indicador. Cuando el agua llega a los pies del guerrero, es imperativo cerrar los andariveles cercanos al cauce. Cuando llega al muslo, la inundación es inminente. Ya ayer, el agua alcanzaba las rodillas del soldado. Se viene, se viene… Y sí, morirán algunas ratas, cosa que no movilizará la solidaridad masiva del mundo. De nuevo: una vez que el agua comienza a precipitarse escaleras abajo y los túneles subterráneos se inundan, es imperativo buscar salida por las cloacas, alcantarillas y una que otra vía de escape que ofrecen las catacumbas… Pero algunos de sus tramos son muy estrechos, hay que arrastrarse para atravesarlos, y si el agua lo prende a uno ahí, es la peor de las muertes imaginables. No sé qué espera París de nosotros: ¿van a distribuirnos a todos flotadores? ¿Debemos tomar cursos de natación olímpica con Phelps? ¿Practicar la vela?”
“Pues buscar la superficie, los lugares altos”.
“¿Su decimosegundo piso?”
“No fue mi intención humillarlo”.
“Son justamente las humillaciones que más duelen. Las otras, las alevosas, se toman, pues como lo que son: escupitajos”.
“Disculpe”.

“¿Sabe usted cuándo sabemos, los indigentes, que la inundación se acerca? Cuando las ratas comienzan a salir de sus escondrijos y se lanzan, temerarias, a las calles. Ellas son las primeras en sentir el peligro. Ellas y la estatua del zuavo son nuestros centinelas. Los meteorólogos no sirven para una mierda”.
“Hace poco una de ellas transmitió el reporte del tiempo corriendo desnuda por el campo. Había prometido que lo haría, si la Selección de Francia clasificaba para el Mundial Brasil 2014”.
“Sí, bella mujer. Pero la meteorología es una ciencia eminentemente inexacta: las variables son infinitas. Para nosotros, los meteorólogos –vestidos o desnudos, hombres o mujeres– no cuentan. Tan solo la estatua que monta guardia al pie del Puente del Alma, o las ratas”.
“¿Y este invierno?”
“Será atroz, una cosa nunca vista en la ciudad. Como las ratas, tendremos que salir de estas cuevas que siquiera algún abrigo nos proporcionan, para no morir ahogados. La muerte por hipotermia es más lenta –he experimentado ambas–, pero genera menos angustia inmediata. En el exterior, el cuerpo va desensibilizándose, un invencible sopor se apodera de nosotros… Hacia el final, la disolución es completamente indolora. Morir ahogado, ver estos túneles llenarse de agua, el Sena y todo su fango colándose por las alcantarillas y cloacas, el agua gélida que, a la altura de los muslos, nos impide avanzar, el cuerpo que lucha por las últimas bocanadas de oxígeno… No, no, amigo: es mejor morir en la superficie. Siempre lo será. Bajo tierra sólo deben ir los cadáveres”.
“La estación Quai de la Rapée está particularmente cerca del río, ¿no convendría que se mudara a un lugar más seguro?”
“Nada es seguro, para nosotros. Y, además, allá arriba, las ratas no nos serían de ninguna ayuda”.
En la lejanía se insinuaron –especie de sol subterráneo– los ojos y el bramido del metro. Eran ya las cinco de la mañana.
“Bueno, he aquí mi tren”.

“Vaya usted con Dios, amigo”.
“¿Y usted?”
“Pues, como las ratas, como las ratas: seguirlas a ellas: ese será siempre nuestra ruta de evasión. Infalibles lazarillos”.
“¿No quiere usted que…?”
“No se preocupe. Como las ratas, como las ratas: si ellas sobreviven, yo sobreviviré”.
Abordé el metro. Por la ventana miré al indigente. Sonreía. Su boca desdentada. Movía la mano, y perversamente me repetía: “como las ratas, como las ratas, no lo olvide usted, como las ratas”.
Llegué a mi apartamento y me eché a dormir. Sí, como las ratas.